SIN AÑORAR



Sin añorar el mundo, ni el desierto, ni la tiranía de Faraón.
Sin añorar el camino espacioso y la puerta ancha que con cartel de neón intenta atrapar al peregrino.
Sin añorar el caramelo engañoso que la mano enemiga ofrece, ni los brillos de oropel y la paz ficticia que intenta pasar por real.
Sin añorar el ungüento de antaño que nublaba los ojos y ofrecía otra realidad teñida de sonrisas, de arrullos del corazón que eran precipicios mortales.

Sin añorar nada,
porque soy peregrina,
porque este no es mi lugar,
porque encontré al Rey,
porque el camino estrecho me reconforta,
porque el Príncipe de Paz salió a mi encuentro,
porque el único ungüento que anhelo es el ungüento de tu Nombre.
Sin añorar, sin añorar nada…
Buenos días a todos y recuerda ¡no merece la pena añorar!

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